En vacaciones íbamos a Aguascalientes, donde vivía mi abuelo: cazador, charro, beisbolista, periodista y escritor.
Hace treinta años de esta historia. Mi abuelo tenía un Jeep y cabezas de venado por todas las paredes de la casa. También tenía una .45.
Hacíamos muchas cosas, pero hoy la historia sucede en el parque de béisbol Alberto Romo Chávez. El señor Romo Chávez era amigo de mi abuelo.
Detrás de home, en los mejores asientos del viejo estadio, había una tela que decía "Club Mil Años": varios viejitos, mi hermano y yo.
Mi hermano y yo divertíamos a los viejitos insultando al cuerpo arbitral y a los oponentes de los Rieleros de Aguascalientes.
Los juegos eran nocturnos. Y los que han visto un diamante de noche iluminado por lámparas sabe que eso es territorio apto para la magia.
Estaban los hermanos Davalillo, narizones y largos como toreros. Pero el héroe era otro: un gigante barbón y pelirrojo llamado John Evans.
John Evans era una estatua carnosa de vientre redondo y mirada noble. Brazos como piernas de jamón. Y se paraba a batear en cámara lenta.
Nada como ser literal para recordar la magia: Evans dejó que la cuenta se llenara en la novena, con casa llena y perdiendo por tres.
Y entonces nos tocó vivir en una película: Evans reventó la pelota y la mandó a volar por encima de la barda.
Home run con casa llena.
Fue una locura. Pero ese no es el final de la historia, porque este cuento tiene varios finales. Primero: la locura de la gente.
Gente muy pobre, que pide el casco de Evans, que desfila por la tribuna para ser llenado de monedas y agradecerle al jugador.
Y el casco llega al Club Mil Años, que mi abuelo preside vestido, por supuesto, con un traje cruzado azul marino, corbata y pañuelo.
Alguien grita: "¡Esos del club mil años, que le den mil pesos a Evans!".
Mi abuelo sacó el dinero de su cartera. Lo alzó como un trofeo, con fuerza, saludando al público y logrando la segunda ovación de la noche.
El casco siguió su viaje cargado de dinero, y cuando al fin llegó a su dueño, salió a agradecer como un torero y con lágrimas en los ojos.
Y es este el primer final de la historia.
Terminado el partido y la euforia, rodeamos la cintura del estadio, pasando por los vestidores y encontrando una puerta abierta.
Y vi a Evans, en ropa de civil, fumando. Sin uniforme ni la luz teatral del estadio no era nadie. Parecía un hombre y no un superhéroe.
No recuerdo más detalles de esa noche.